miércoles, 13 de junio de 2012


Virginia Satir
(Todas tus caras, 1978) 




Muchos de nosotros vivimos en una cárcel emocional porque queremos ser buenos. Nos rodeamos de toda una red de “deberes” que en muchas ocasiones entran en conflicto con nuestros deseos y nuestras capacidades. Nuestra  Lista Universal de Deberes, en la que leo “Siempre debo ser: correcto, limpio, brillante, sensato, bueno, obediente y saludable”, cueste lo que cueste y cualquiera que sea la situación. Esto casi siempre termina en una sensación de fracaso, en innecesaria frustración y en decepción.

Esa red de “deberes” incluye una buena cantidad de diálogo interno sobre lo que “ellos”aprobarían o reprobarían. “Ellos” puede ser cualquiera, su madre, su padre, su jefe, su tía Luisa... son las personas a las que miramos para decidir si  lo que estamos haciendo está bien o no lo está.

También con demasiada frecuencia, las personas no se dan cuenta y precisamente como consecuencia de esa falta de conocimiento, de imaginación y de consciencia, han elevado altos muros alrededor de sí mismas, muros que les impiden ver sus auténticas posibilidades. Afortunadamente para nosotros, la fuerza de esos muros que parecen de hormigón armado se sustenta únicamente en nuestros propios pensamientos.

Para enfrentarnos con eficacia a los muros externos tenemos que aprender a enfrentarnos con los muros que tenemos en nuestra mente. Si en nuestro interior nos sentimos atrapados, tendremos muy poca energía creativa disponible para manejar creativamente las dificultades externas. Nuestros carceleros internos representan aquello que miramos como amenazador. Los guardianes son nuestros miedos, siempre presentes, que se empeñan en que sigamos estando donde nos encontramos.

Para empezar a liberarnos de nuestra cárcel emocional podríamos comenzar con un simple pensamiento nuevo: “Tiene que haber algo más, y voy a asumir el riesgo de echar una ojeada”. Este pensamiento nos lleva a la esperanza, que se convierte así en una posibilidad nueva.

Siempre estamos tratando de liberarnos de nuestra prisión emocional. Es que, por lo general, resulta tremendamente incómoda. Solemos intentarlo con súplicas, amenazas o complaciendo a otras personas, tratando de conseguir que lo hagan ellas por nosotros. Esto tiene un cierto sentido si creemos que nuestros carceleros están únicamente fuera de nosotros. Con este modo de actuar, podemos tener algún éxito ocasional, pero habitualmente estos esfuerzos terminan por fracasar y en unos sentimientos tremendos de desamparo, de rabia y de culpa.

Suponga por un momento que aceptamos el hecho de que nuestros mayores carceleros están dentro de nosotros; que empezamos a asumir el riesgo de estudiar cómo nuestros pensamientos, sentimientos, nuestro cuerpo y nuestra mente trabajan conjuntamente. Todo tenemos creencias que, cuando las contemplamos a la luz de la investigación, descubrimos que son ridículas; sin embargo, hemos vivido sin pararnos un momento a cuestionarlas. Ese estudio revelará, sin la menor duda, creencias de ese tipo que pondremos en cuestión una vez que las hayamos encontrado.

Muchas personas pierden sus batallas en el mundo exterior porque malgastan sus energías dentro de sí mismas. Nuestra vida interna y la manera de hacer frente a las dificultades externas están interconectadas. La una se alimenta de la otra. Cuando éramos niños, a la mayor parte de nosotros nos enseñaron a conformarnos y a ser obedientes. Hasta que aprendimos a hacerlo de otro modo, ésta era la única forma que conocíamos. Fuera cual fuera el dolor que tuviéramos que soportar para seguir viviendo, lo soportamos en nuestro interior, creyendo que la vida era así, y de este modo empezamos a levantar los muros de nuestra cárcel emocional.

Asumir el riesgo de empezar a cuestionarnos estas viejas enseñanzas supone dar un paso de gigante. Nos coloca en lo desconocido y el camino por lo general no está claro, Sin embargo, una vez que nos hemos convertido en exploradores a nuestro propio servicio, derribamos los muros de la cárcel y entonces se posibilita el crecimiento continuo. Podemos usar nuestra energía para descubrir y explorar nuevas posibilidades, en vez de seguir desperdiciando energías defendiendo nuestras viejas creencias en un fútil esfuerzo para hacerlas soportables.

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